Jalisco, el último reducto del viejo Morena que apuesta al mito del fraude
- Redacción

- 26 ago 2024
- 3 min de lectura
Lo que intenta Morena en Jalisco (y particularmente en Guadalajara) es crear una idea colectiva de una elección turbia. Ningún dato duro, ni alguna prueba pública o ante tribunal avala esta idea
La premisa es montar la narrativa de un fraude electoral, generar el mito en la memoria colectiva de los jaliscienses y, muy especialmente, de los habitantes de Guadalajara. El excandidato a la alcaldía, Chema Martínez, aparece en esa mitología como “defensor del voto”, junta a la excandidata al gobierno estatal, Claudia Delgadillo. Esa, grosso modo, es la estrategia planteada por los morenistas locales luego de las elecciones del 2 de junio.
En ese sentido, Jalisco se convirtió en el último reducto del viejo Morena que solía perder elecciones y gritar inmediatamente “¡fraude, fraude!”.
La estrategia fue confeccionada, después de la derrota, por el equipo que lidereó la campaña electoral en Jalisco; un equipo que no era originalmente la cabeza del morenismo estatal, pero que, ante el crecimiento del peculiar Grupo Vallarta y los desacuerdos con Carlos Lomelí, terminó circunstancialmente al mando de las elecciones jaliscienses más relevantes para la 4t.
Los allegados del exgoberador asesinado Aristóteles Sandoval no escasean en este conglomerado, lo que, también por suspicacias internas, ha generado fisuras internas. Por un lado, quienes sí ganaron la elección, desde la mayoría en el Congreso del Estado, los puestos federales en el Congreso de la Unión, así como importantísimos municipios, se sienten poco tentados a hablar de una elección en la que resulta que los puestos de votación en los que salieron electos estarían en duda.
Las fisuras permiten que Crónica recopile las voces internas de desacuerdo y que de ellas deriven algunos detalles sobre la estrategia planteada, muy meditada y planeada, para generar un conflicto poselectoral más artificial que numérico.
La hipótesis de quienes gestaron esta estrategia es que los mexicanos tenemos en el ADN un gen de desconfianza electoral: primero 70 años de priismo y elecciones de Estado generan poca fe en los resultados al concluir los comicios en la población más adulta. El priismo de Jalisco, el más duro y que terminó dando lugar a la fuerza del alfarismo, hace un aporte adicional. Así, la premisa fue aprovechar esa desconfianza latente, pedir abiertamente a los líderes nacionales de la 4T que no reconozcan tempranamente el triunfo de los emecistas y que eso traerá como beneficio una cohesión entre los votantes morenistas de Jalisco que hoy no existe.
En efecto, hay muchos votos, pero el partido Morena en Jalisco prácticamente carece de estructuras reales.
“¡Griten fraude, fraude!”
El mito que esta estrategia promueve es a imagen y semejanza de lo que AMLO hizo a nivel nacional en 2006, cuando perdió por apenas unos votos ante Felipe Calderón. Y lo esperado en la casa de campaña morenista es que, aunque la decisión en urnas no se revierta, la memoria colectiva –al menos en parte– crea en “el fraude” para el futuro. De allí que Verónica Delgadillo, la alcaldesa electa, sea un objetivo prioritario; las elecciones municipales se realizarán nuevamente en tres años, en tanto las de gobernador tardarán un sexenio.
Los principales problemas para que el mito del fraude anide en Jalisco es que el 2 de junio, más de 3.7 de jaliscienses votaron en una jornada que no registró un solo incidente de gravedad en ningún rincón de la entidad (99% de casillas instaladas y la recuperación de los paquetes electorales se realizó igualmente sin sobresaltos).
A cada inconformidad de Morena presentada ante tribunales electorales, el Instituto Electoral y de Participación Ciudadana del estado ha entregado documentales, lo que significa que miles de actas de escrutinio, bitácoras y muchos documentos más respaldan resultados de triunfo muy holgados para los candidatos de Movimiento Ciudadano.






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